Cuando éramos niños nos conformábamos con cualquier cosa. Cualquier juguete nos entretenía, desde el pato con el que nos bañábamos hasta un avión hecho de papel. A medida que íbamos creciendo, necesitábamos algo más, un triciclo, o una muñeca. Pero eso se quedaba atrás cuando seguíamos creciendo, porque necesitábamos muñecas grandes a las que pudiéramos peinar, o máquinas a las que pasar horas enganchados. Pero después, después pedíamos un cuarto de hora más los viernes, y después media hora más los sábados. Y cuando te das cuenta, tienes quince años. ¿Y con quince años eres lo suficientemente responsable como para llegar a las doce a casa? No. Pero mira, te diré una cosa, algo que quedará entre tú y yo. A mí me da igual salir los sábados, beber, fumar, follar. Todo eso me da igual. Me dan igual los tacones de vértigo, y la ropa de marca. También me da igual el kilo de maquillaje de más que llevan casi todas las tías. Me da igual, porque si pudiera elegir algo, no sería salir media hora más, sería tenerte, a ti, solamente a ti. Entonces rogaría cinco minutos más a tu lado, con la compañía de nuestros besos, y nuestras miradas. Con la música de nuestras respiraciones, y con nuestra piel de ropa. Y allí fuera, podía caerse el mundo, que a mí, me daría igual, porque solamente te necesito a ti para ser completamente feliz. Para ser feliz como una niña pequeña. La diferencia, es que yo nunca en mi vida, me cansaré de ti. Y si algún día se me ocurre pensarlo, no habré madurado por querer cambiarte, me habré cegado por la tontería. En ese momento, seré igual de inmadura que las chicas que se suben a doce centímetros de altura para poder llegar al cuello a un lío de una noche. Cuando me miras, cuando me sonríes, siento que lo tengo todo en el mundo.
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